Institut des Hautes Etudes de l'Amérique latine
Centre de recherche et de documentation sur les Amériques

Edito

La ecología política frente a la hoguera del siglo XXI / L’écologie politique face à l’embrasement du XXIème siècle

Gabriela Merlinsky

 

 

'La ecología política frente a la hoguera del siglo XXI'

 

 

Gabriela Merlinsky

Sociologue et professeur à l'université nationale de Buenos Aires

 

ESP/FR

 

Vivimos en una época de fuegos intensos. En 2019, ardió la Amazonía bajo las llamas atizadas por los hacendados que hicieron de ello un manifiesto político. No estuvieron solos, el mismísimo presidente del Brasil, Jair Bolsonaro, los alentó con un mensaje claro: “los agricultores están siendo excesivamente multados por daños ambientales”. Y no fueron solo palabras: al imponer recortes presupuestarios a las agencias encargadas de controlar la deforestación, sus medidas abonaron el terreno para el avance de la frontera extractiva.

Greta Thunberg, la joven sueca conocida por ser la iniciadora del movimiento global de jóvenes por el clima, pone en palabras el desafío de este siglo XXI con una frase sugerente: “nuestra casa está en llamas”.  Imposible no relacionar sus palabras con el ecocidio del Amazonas y con los recientes incendios en Australia que tampoco obedecieron a “causas naturales”. Lo que dice no es una metáfora, es tiempo presente que se nutre de imágenes desestabilizadoras y señala un punto de inflexión: las décadas venideras, representan la última chance que tiene la humanidad para garantizar la reproducción de la vida humana y no humana -al menos tal como la conocemos- a futuro.

Si la hoguera del siglo XXI se alimenta de la creación deliberada de peligros, es preciso decir que estos se reparten de forma desigual en diferentes regiones del mundo. En América Latina, una “economía de rapiña”, como la denominó en 1910 el geógrafo Jean Brunhes, está asociada al cercamiento de los comunes, a la deslocalización de industrias extractivas y a la desregulación de la protección ambiental. Se trata de procesos intensivos de apropiación de la naturaleza que ponen en riesgo los modos de vida ecológicamente sostenibles de comunidades indígenas, campesinas, agrícolas y artesanas. Del mismo modo, en las grandes metrópolis la especulación inmobiliaria expulsa a los sectores populares a vivir en sitios de alta degradación ambiental.

No sorprende que América Latina sea una región del mundo donde la conflictividad ambiental es cada vez más intensa, algo que adquiere ribetes más preocupantes en aquellos países en los que ha aumentado la criminalización de los movimientos indígenas y ambientalistas como Chile, Brasil, Bolivia, Ecuador y México. Por otra parte, en los países de América Central donde el acaparamiento de ecosistemas enteros, como por ejemplo las cuencas, se produce a partir de violentos desplazamientos de población, esto implica un ataque frontal a las mujeres defensoras del ambiente. Aquí no podemos dejar de mencionar la emblemática lucha de Berta Cáceres, defensora del pueblo lenca, asesinada en marzo de 2016, en el marco de la represión continua y sistemática que sufren quienes defienden los territorios y los derechos humanos en Honduras.

Las ciencias sociales latinoamericanas no siempre han prestado atención a estos asuntos, posiblemente porque comparten la insignia que acompaña las ciencias modernas: conocer/obedecer a las leyes de la naturaleza para luego someterla. Otra razón de peso en esta invisibilización de la cuestión ambiental tiene que ver con que muchos de los referentes más importantes del campo han acompañado proyectos políticos redistributivos y de ampliación de derechos sociales-los denominados “progresismos latinoamericanos”- que, sin embargo, se sostuvieron en modelos neodesarrollistas que no han alterado el patrón extractivista o primario exportador de las economías.

Han sido las autoras y los autores de la ecología política latinoamericana los que han abierto un espacio de confluencia entre diferentes campos de conocimiento para desarrollar una reflexión sobre el poder y las racionalidades sociales en torno a la naturaleza. Sus trabajos han buscado analizar las jerarquías y asimetrías de diferentes campos de relaciones de poder, ya sea de clase, genero, étnicas y considerando diferentes escalas de análisis. Un rasgo distintivo de esta corriente es el reconocimiento de una marca de origen de lo latinoamericano vinculada al trauma catastrófico de la conquista y a la integración en posición subordinada en el sistema internacional.  Esta persistente colonialidad de la naturaleza es la quedefine la particular heterogeneidad y ambigüedad de las sociedades latinoamericanas.

Los trabajos dan valor a dimensiones problemáticas que la perspectiva del desarrollo deja fuera de sus análisis y llaman la atención sobre los costos ocultos de procesos que han sido glorificados por la historia. Por ejemplo, la apertura de vías de comunicación en vastos territorios de la Amazonia o la transformación de la pampa húmeda argentina en una monocultura agrícola han sido narrados como grandes éxitos económicos y civilizatorios. Sin embargo, si nos enfocamos en los costos sociales y ambientales invisibilizados en estas narrativas del progreso, como el riesgo cierto de la transformación de la selva en una sabana o la deforestación del bosque subtropical seco (el chaco santiagueño y santafesino) que fuera la región sacrificada para suministrar madera al ferrocarril, esos análisis que celebran los éxitos económicos de dominación de la naturaleza pueden ser cuestionados.

En la actualidad, si pensamos en el “boom” de la soja en la Argentina que, en escasos veinticinco años pasó de ser un cultivo residual a ocupar la mitad de la superficie cultivable del país, ocasionando serios problemas de salud a las poblaciones por el masivo uso de agrotóxicos; o prestamos atención a la denominada “locomotora minera” en Colombia, que avanza sobre los páramos que son ecosistemas que, literalmente, fabrican el agua; o dirigimos la mirada a la implantación de zonas de sacrificio en Chile, donde persiste la explotación cuantiosa de recursos hídricos escasos para producir energía para las industrias de exportación; o nos concentramos en la situación actual en México bajo el nuevo gobierno que propone volver al petróleo y al carbón para impulsar la economía, se hace muy evidente la importancia que asume una reflexión ecopolítica sobre estos asuntos.

Ante los desafíos que nos impone el cambio global es indispensable abordar la complejidad de los debates del desarrollo (¿mal desarrollo?) en relación a aspectos trascendentes de la vida en común como la soberanía alimentaria, la transición energética, la justicia ambiental o el derecho de autodeterminación de los pueblos. Son cuestiones centrales que están invisibilizadas en el debate público y lograr que salgan a la luz supone un desafío político mayúsculo. No olvidemos que la explotación intensiva de la naturaleza no solo supone rentas extraordinarias para grandes corporaciones internacionales, sino que se sostiene en la complicidad de las élites económicas y políticas regionales que han logrado capturar una parte no menor de las mismas.  Por esa misma razón, el extractivismo debe ser considerado como una encrucijada para el futuro de la democracia.

La buena noticia es que podemos recurrir a un acervo de conocimiento valioso que proviene de varias ecologías políticas tanto de inspiración anglófona (political ecology) como francófona (l’écologie politique).  Dada la escala planetaria que tienen muchos de los problemas analizados y considerando que la reflexión desde y sobre América Latina no es patrimonio exclusivo de ninguna corriente, se impone la tarea de pensar e investigar en forma comparativa y así analizar tanto los disensos como las interconexiones y las interdependencias.  Claro, la ecología política latinoamericana es fundamentalmente hispano-lusófona, algo que trae no solo confusiones lingüísticas sino también -lo que está en la base de esas incomprensiones- posicionamientos epistemológicos y políticos que son contestatarios. En ese sentido, hay que tener presente la porosidad de los campos académicos e intelectuales en América Latina, donde el conocimiento se produce en contacto con las campañas, las asambleas, los movimientos sociales y los partidos políticos.

Esas múltiples ecologías políticas nos muestran que la hoguera del siglo XXI no es una fatalidad. Si las elites gobernantes nos dan a elegir entre la destrucción de recursos naturales y ecosistemas y la lucha contra la pobreza, nos están planteando un falso dilema o una alternativa infernal, como diría Isabelle Stengers. Los debates conceptuales y las formas de acción política que se expresan en las múltiples ecologías políticas son poderosas herramientas para producir inventarios de problemas, abrir espacios a otras políticas de conocimiento y diseñar alternativas de futuro.

 

***

 

'L’écologie politique face à l’embrasement du XXIème siècle'

 

 

Traduit de l'espagnol par Stéphanie Robert Le Fur

Assistante de direction et traductrice

 

Notre époque s’embrase. En 2019, l’Amazonie a crépité sous les flammes attisées par les hacendados qui convertirent l’incendie en manifeste politique. Ils ne furent pas les seuls, le président du Brésil en personne, Jair Bolsonaro, les encouragea avec un message clair : “les amendes infligées aux agriculteurs pour dommages environnementaux sont excessives”. Mais il y eut plus que des paroles : les coupes budgétaires imposées aux agences chargées du contrôle de la déforestation eurent pour effet de repousser les limites, de préparer le terrain à l’avancée de l’extractivisme.

Greta Thunberg, la jeune suédoise initiatrice du mouvement global des jeunes pour le climat, formule en une phrase significative le défi du XXIème siècle : “ notre maison brûle”. Il est impossible de ne pas faire le lien entre ses paroles et l’écocide de l’Amazonie ou les récents incendies survenus en Australie qui, eux non plus, n’étaient pas dûs à des “causes naturelles”. Il ne s’agit pas d’une métaphore, le temps présent se nourrit d’images déstabilisantes et marque un tournant : c’est au cours des décennies à venir que l’humanité devra saisir sa dernière chance de garantir la reproduction de la vie humaine et non humaine, du moins telle qu’on la connait.

Si l’embrasement du XXIème siècle est alimenté par des dangers délibérément provoqués, il faut préciser que ces derniers sont répartis de manière inégale dans les différentes régions du monde. En Amérique latine, une “économie de prédation” -pour reprendre l’expression utilisée dès 1910 par le géographe Jean Brunhes- va de pair avec l’enclosure ou démantèlement des terres communales, la délocalisation des industries extractives et la dérégulation de la protection de l’environnement. Il s’agit de processus d’appropriations intensives de la nature qui mettent en danger les modes de vie écologiquement viables des communautés indigènes, paysannes, agricoles et d’artisans. Il en va de même dans les grandes métropoles où la spéculation immobilière expulse les secteurs populaires vers des espaces écologiquement détériorés.

Sans surprise, l'Amérique latine est la région du monde où les conflits environnementaux se font de plus en plus intenses, où le niveau de criminalisation des mouvements indigènes et environnementaux ont atteint des limites très inquiétantes, en particulier au Chili, au Brésil, en Bolivie, en Équateur et au Mexique. D’autre part, dans les pays d’Amérique centrale, l’accaparement d’écosystèmes entiers, comme par exemple les bassins fluviaux, est entrepris à la suite de violents déplacements de populations, ce qui implique une attaque frontale envers les femmes qui défendent l’environnement. On se souvient de Berta Cáceres, défenseure du peuple lenca, qui, dans le cadre de la répression continue et systématique envers les personnes qui défendent les territoires et les Droits humains au Honduras, a mené une lutte emblématique et a été assassinée en mars 2016.

Les sciences sociales latino-américaines n’ont pas toujours prêté attention à ces thématiques, peut-être parce qu’elles partagent l’impératif qui accompagne les sciences modernes : connaître/obéir aux lois de la nature pour ensuite les dominer. Si les thématiques environnementales manquent de visibilité, c’est aussi parce qu’elles sont portées par des acteurs qui accompagnent des projets politiques de redistribution et d’extension des droits sociaux : les dénommés “progressismes latino-américains”, alors même que ces progressismes continuent à soutenir des modèles économiques de néo-développement qui ne remettent pas en cause le schéma extractiviste ou d’exportation de matières premières.

Ce sont les auteur.e.s de l’écologie politique latino-américaine qui ont ouvert un espace où les différents domaines de la connaissance confluent afin de réfléchir aux liens qu’entretiennent le  pouvoir et les rationalités sociales avec la nature. Ils analysent les hiérarchies et les asymétries des différentes formes de pouvoir, qu’il soit social, de classe, de genre, ethnique et ce, à différents échelles. Ce courant identifie une origine latino-américaine à ces hiérarchies imbriquées : le trauma catastrophique de la conquête qui les a intégrés au système international dans une position subordonnée. Cette colonialité persistante envers la nature définit l’hétérogénéité particulière et l’ambigüité des sociétés latino-américaines.

Ces travaux ont le mérite d’attirer l’attention sur les dimensions problématiques que la perspective du développement n’aborde pas dans ses analyses et de mettre en lumière les dommages cachés des processus glorifiés par l’histoire. Par exemple, l’ouverture de voies de communication sur de vastes territoires de l’Amazonie ou bien la transformation de la pampa humide argentine en monocultures agricoles ont été présentées comme de grandes avancées économiques et de civilisation.

Cependant, si nous prêtons attention aux coûts sociaux et environnementaux invisibilisés par ces discours sur le progrès, tels que le risque prévisible de la transformation de la forêt en savane ou bien de la déforestation des régions subtropicales arides du Chaco santiagueño et du Chaco santafesino, sacrifiées pour fournir du bois pour le chemin de fer, nous pouvons remettre en question ces analyses qui célèbrent les succès économiques de domination de la nature.

À l'heure actuelle, si nous pensons au « boom » du soja qui n’était en Argentine qu’une culture résiduelle il y a vingt-cinq et occupe aujourd’hui la moitié des terres arables et cause de graves problèmes de santé à la population en raison de utilisation massive de pesticides ; si nous observons comment la « locomotive minière » de Colombie empiète sur des écosystèmes indispensables pour générer de l'eau ; si nous examinons la mise en place de zones sacrifiées au Chili, où l'exploitation incessante de l’eau -pourtant rare- sert à produire de l'énergie pour les industries d'exportation ; si nous nous concentrons sur la situation actuelle du Mexique où le nouveau gouvernement propose de revenir au pétrole et au charbon pour relancer l'économie, l'urgence d'une réflexion éco-politique sur ces questions devient plus qu’évidente.

Face aux défis imposés par le changement global, il est indispensable d’aborder les débats sur le développement (ou mauvais développement) dans toute leur complexité et en lien avec les aspects transcendants de la vie en communauté tels que la souveraineté alimentaire, la transition énergétique, la justice environnementale ou le droit à l’autodétermination des peuples. Il s’agit de questions centrales qui sont invisibilisées dans le débat public. Lever le voile sur ces questions représente un défi politique majeur. N’oublions pas que l’exploitation intensive de la nature ne signifie pas seulement des revenus extraordinaires pour de grandes corporations internationales, mais que ces dernières opèrent avec le soutien complice des élites économiques et politiques régionales, qui parviennent à capturer une partie non négligeable de ces revenus. C’est pour cela que l’extractivisme représente un combat à mener pour l’avenir de la démocratie.

La bonne nouvelle, c’est que nous avons accès à un fonds de connaissances précieuses qui proviennent autant de l’écologie politique d’inspiration anglophone (political ecology), que francophone (l’écologie politique). Compte tenu que les problèmes analysés sont à l’échelle planétaire et considérant que la réflexion depuis et sur l’Amérique latine n’est le patrimoine exclusif d’aucun courant de pensée, la tâche qui consiste à penser, faire de la recherche comparative et à analyser les dissidences autant que les interconnexions et les interdépendances s’impose à nous.

Certes, l’écologie politique latino-américaine est fondamentalement hispano-lusophone, ce qui non seulement provoque des confusions linguistiques, mais est aussi à l’origine de certaines incompréhensions (positionnements épistémologiques et politiques contestataires). C’est pour cela que nous devons garder à l'esprit la porosité des domaines académiques et intellectuels en Amérique latine, où les connaissances sont produites au contact des campagnes, des assemblées, des mouvements sociaux et des partis politiques.

Ces multiples écologies politiques nous montrent que l’embrasement du XXIème siècle n’est pas une fatalité. Lorsque les élites qui gouvernent nous donnent à choisir entre la destruction des ressources naturelles et des écosystèmes et la lutte contre la pauvreté, elle nous présentent un faux dilemme ou une alternative infernale pour reprendre l’expression d’Isabelle Stengers. Les débats conceptuels et les formes d’action politique qui s’expriment par le biais des multiples écologies politiques sont autant d’outils puissants pour produire des inventaires de problèmes, libérer des espaces favorables à des politiques de la connaissance et trouver des alternatives pour l’avenir.

© IHEAL-CREDA 2019 - Publié le 28 février 2020 - La Lettre de l'IHEAL-CREDA n° 39, mars 2020.

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